Hay un momento en la vida en el que algunas mujeres comienzan a mirar el paso del tiempo de una manera diferente. No ocurre exactamente a una edad determinada y tampoco le sucede a todo el mundo, pero puede aparecer después de los 30, de los 35, de los 40 o incluso más adelante. De pronto, aquello que antes parecía estar muy lejos comienza a sentirse demasiado cerca y aparecen preguntas que quizá nunca habíamos considerado importantes: ¿ya debería haber conseguido más?, ¿todavía estoy a tiempo de empezar de nuevo?, ¿qué pasa si nunca logro aquello que imaginaba para mi vida?, ¿será que mis mejores años ya pasaron?
A veces esta sensación aparece después de una ruptura, un cambio de trabajo, una pérdida, una crisis personal o simplemente después de mirar alrededor y sentir que todas las demás personas parecen estar avanzando mientras una sigue intentando descubrir hacia dónde quiere ir. También puede aparecer cuando comenzamos a notar cambios en nuestro cuerpo o cuando las redes sociales nos muestran constantemente mujeres que parecen tener la vida perfectamente resuelta. Y aunque racionalmente sabemos que cada persona tiene su propia historia, emocionalmente puede resultar difícil no preguntarnos si nosotros estamos llegando tarde a la nuestra.
El problema es que podemos terminar confundiendo el paso del tiempo con el final de nuestras posibilidades. Vivimos en una cultura que durante mucho tiempo ha relacionado la juventud con la belleza, las oportunidades, el éxito, el deseo y hasta con la posibilidad de reinventarnos. Pareciera que existe una edad para estudiar, otra para enamorarse, otra para formar una familia, otra para consolidar una carrera y, después, simplemente toca conservar lo que conseguimos. Pero la vida real es mucho más amplia que ese calendario imaginario y las mujeres no dejamos de tener posibilidades porque cumplamos años.
Por eso hablar de envejecimiento activo desde una perspectiva de salud mental resulta tan interesante. No se trata solamente de mantenernos físicamente activas o de prevenir enfermedades. También significa conservar una relación saludable con nuestra mente, nuestros proyectos, nuestras relaciones y nuestro futuro. Significa seguir sintiendo curiosidad, permitirnos aprender, cambiar de opinión, conocer nuevas personas, comenzar cosas diferentes y, sobre todo, no convencernos demasiado pronto de que ya vivimos nuestras mejores etapas.
Quizá una de las ideas más dañinas que podemos interiorizar es que existe un momento en el que la vida deja de comenzar. Como si después de cierta edad solamente quedara mirar hacia atrás y recordar lo que alguna vez fuimos. Sin embargo, basta con observar las historias reales de otras mujeres para comprobar que no existe una trayectoria universal. Hay quienes descubren su vocación después de los 40, quienes cambian de profesión, quienes terminan una relación y reconstruyen su vida, quienes emprenden, vuelven a estudiar, se enamoran, viajan, escriben, crean o simplemente encuentran una tranquilidad que nunca habían tenido antes.
La edad puede marcar una etapa, pero no determina lo que esa etapa tiene que ser.
Y quizá ahí está una parte importante del envejecimiento activo: aprender a relacionarnos con el tiempo sin convertirlo en una amenaza. Cumplir años es inevitable, pero la historia que construimos alrededor de nuestra edad puede cambiar por completo la manera en que vivimos. Podemos interpretar cada cumpleaños como una cuenta regresiva o como una oportunidad para preguntarnos qué queremos de los años que tenemos por delante. Podemos mirar los cambios de nuestro cuerpo desde el miedo o empezar a relacionarnos con él desde el cuidado. Podemos pensar que ya deberíamos tener todas las respuestas o aceptar que cambiar de opinión también forma parte de crecer.
Nuestra salud mental necesita esa flexibilidad. Una mente saludable no es aquella que intenta permanecer eternamente en una versión anterior de sí misma, sino aquella que puede adaptarse a las distintas etapas de la vida sin perder la capacidad de imaginar posibilidades. Eso puede significar aprender algo completamente nuevo, recuperar una afición que habíamos abandonado, comenzar un proyecto sin saber exactamente cómo terminará o simplemente permitirnos descubrir que aquello que queríamos hace diez años ya no es lo que queremos ahora.
Porque crecer también significa cambiar.
A veces somos especialmente duras con nosotras mismas cuando comparamos nuestro presente con la mujer que fuimos. Recordamos cómo nos veíamos, cuánta energía teníamos, qué sueños nos emocionaban o qué tan fácil parecía comenzar cualquier cosa y llegamos a la conclusión de que aquella versión era mejor. Pero olvidamos algo fundamental: aquella mujer no tenía nuestras experiencias actuales. No había atravesado todo lo que nosotras hemos vivido, no tenía los aprendizajes que hoy tenemos y tampoco conocía todas las cosas que ahora sabemos sobre nosotras mismas.
Por eso quizá la pregunta no debería ser cómo volver a ser quienes éramos, sino quién queremos ser ahora. Esa pregunta nos devuelve al presente y nos permite construir desde lo que somos, en lugar de pasar los años intentando recuperar una versión anterior de nosotras mismas.
También necesitamos hablar de ese pequeño pensamiento que aparece con frecuencia cuando sentimos que el tiempo avanza: “A estas alturas ya debería…”. Ya debería tener una relación estable, ya debería ganar más dinero, ya debería saber qué quiero, ya debería tener una casa, ya debería haber viajado, ya debería verme de determinada manera, ya debería haber conseguido aquello que alguna vez imaginé. El problema es que casi nunca nos preguntamos quién decidió ese calendario.
Muchas de esas expectativas vienen de nuestra familia, de la sociedad, de las conversaciones que escuchamos desde pequeñas y, actualmente, de las redes sociales. Vemos a otras personas alcanzar determinadas metas y comenzamos a utilizarlas como referencia para medir nuestra propia vida. Pero estamos comparando historias diferentes, circunstancias diferentes y tiempos diferentes. La vida de otra mujer no es una evaluación de la nuestra.
Y quizá una de las formas más saludables de recuperar nuestra tranquilidad sea sustituir el “ya debería” por una pregunta mucho más honesta: “¿Qué quiero yo ahora?”. No lo que querías a los 20. No lo que esperaban de ti. No lo que parece exitoso en Instagram. No lo que crees que sería impresionante para los demás. Lo que realmente quieres en esta etapa de tu vida.
Esa pregunta puede abrir puertas que creíamos cerradas.
Porque todavía podemos aprender. Podemos cambiar de opinión. Podemos empezar de nuevo. Podemos construir nuevas amistades, modificar nuestra carrera, desarrollar un proyecto, cuidar nuestra salud, enamorarnos, dejar una relación, viajar, estudiar o descubrir una pasión que nunca habíamos considerado. No necesitamos convertir cada década en una reinvención espectacular, pero sí podemos conservar algo fundamental: la sensación de que nuestro futuro todavía tiene posibilidades.
Pensar en el futuro tampoco significa tener perfectamente planeados los próximos veinte años. A veces basta con tener algo que esperar, algo que aprender o algo que nos ilusione. Hacer planes puede ser una forma sencilla de recordarnos que seguimos participando activamente en nuestra propia historia. Una comida con amigas, un viaje, un curso, un proyecto personal, una meta económica, una actividad que nos emocione o incluso un pequeño cambio en nuestra rutina pueden ayudarnos a mantener esa conexión con el futuro.

Y esto importa especialmente porque cuando dejamos de imaginar posibilidades, nuestra vida puede comenzar a sentirse más pequeña. No necesariamente porque hayan desaparecido las oportunidades, sino porque dejamos de mirarlas.
El envejecimiento activo, entonces, también puede ser una actitud. Es cuidar el cuerpo, sí, pero también cuidar las relaciones que nos sostienen, mantener nuestra mente abierta, buscar estímulos nuevos, permitirnos descansar, atender nuestra salud emocional y pedir ayuda cuando la necesitamos. Es comprender que nuestra identidad no tiene que depender para siempre de nuestra apariencia, nuestro trabajo, nuestra pareja o aquello que conseguimos durante los primeros años de la adultez.
No podemos detener el tiempo y tampoco deberíamos necesitar hacerlo. Lo que sí podemos hacer es decidir cómo queremos relacionarnos con él. Podemos dejar de mirar cada cumpleaños como una pérdida y empezar a verlo como evidencia de todo lo que hemos vivido y aprendido. Podemos dejar de pensar que cumplir años nos quita posibilidades y comenzar a preguntarnos cuáles son las nuevas que aparecen precisamente porque hoy somos una mujer diferente.
Tal vez ese sea uno de los cambios más importantes que podemos hacer por nuestra salud mental: dejar de vivir como si estuviéramos llegando tarde a nuestra propia vida.
No se te está acabando el tiempo. No estás fuera de edad para comenzar algo. No existe una fecha en la que automáticamente dejes de ser interesante, deseable, capaz, creativa o libre para elegir un nuevo camino. Y aunque algunas cosas de la vida cambien con los años, también aparecen otras que solamente pueden llegar con la experiencia, la claridad y el conocimiento de una misma.
El envejecimiento activo no empieza intentando detener el paso del tiempo. Empieza cuando dejamos de tenerle miedo y aprendemos a vivir dentro de él.
Porque todavía queda mucho por conocer, mucho por aprender, mucho por cambiar y, sobre todo, muchísima vida por vivir.
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