lunes, octubre 26, 2026

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¿Quieres ayudar a una persona con ansiedad? Esto es lo que puedes hacer

¿Tienes una amiga, un amigo, una pareja o un familiar que vive con ansiedad y no sabes cómo ayudarlo? Quizá alguna vez lo has visto preocuparse demasiado, sentirse inquieto, tener dificultades para dormir o incluso atravesar un momento de angustia y no has sabido qué decir. Acompañar a alguien con ansiedad no significa convertirte en su terapeuta ni encontrar las palabras mágicas que harán desaparecer lo que siente. Muchas veces, lo más valioso que puedes ofrecer es algo mucho más sencillo: escuchar sin juzgar, respetar sus tiempos y hacerle saber que no tiene que atravesarlo todo en soledad.

La ansiedad puede manifestarse de muchas maneras. Puede aparecer como preocupación constante, tensión, inquietud, dificultad para concentrarse, problemas para dormir o síntomas físicos como palpitaciones, sudoración, temblores o respiración acelerada. También puede hacer que una persona comience a evitar determinadas situaciones porque teme sentirse mal. Cuando estos síntomas son persistentes, muy intensos o empiezan a interferir con la vida cotidiana, es importante buscar ayuda profesional.

Una de las primeras cosas que puedes hacer es dejar de decirle simplemente “cálmate”. Aunque probablemente lo haces con buena intención, frases como “no pienses en eso”, “no es para tanto” o “tienes que tranquilizarte” pueden hacer que la persona sienta que no estás comprendiendo lo que está viviendo. En lugar de intentar apagar inmediatamente su ansiedad, puedes preguntarle: “¿Qué necesitas de mí en este momento?”, “¿Quieres que me quede contigo?” o simplemente decirle: “Estoy aquí contigo”.

Escuchar también es una forma de ayudar. Cuando queremos a alguien, muchas veces sentimos la necesidad de solucionar rápidamente aquello que le ocurre, pero quizá esa persona necesita primero sentirse escuchada. Déjala hablar si quiere hacerlo y evita interrumpirla constantemente para explicarle por qué no debería sentirse así. Puedes preguntarle qué le preocupa, qué está sintiendo o qué suele ayudarle cuando atraviesa un momento parecido. No necesitas convertirte en especialista; se trata de conocer mejor a la persona que tienes delante y acompañarla desde el lugar que te corresponde.

También es importante no minimizar lo que siente. Decirle que hay personas con problemas peores, que debe ser fuerte o que todo está “en su cabeza” puede hacer que se sienta todavía más sola. Puedes no entender por qué determinada situación le provoca miedo o preocupación y, aun así, reconocer que para esa persona está siendo difícil. Validar una emoción no significa decir que todos los pensamientos provocados por la ansiedad son ciertos; significa reconocer que la persona realmente está pasando por un momento complicado.

Y no todas las personas necesitan lo mismo. Algunas quieren hablar, otras prefieren permanecer en silencio y otras necesitan simplemente que alguien se quede cerca. En lugar de asumir qué es lo mejor, pregunta. Puedes decir: “¿Quieres que te escuche, que me quede contigo o prefieres estar un momento sola?” Darle opciones puede ayudar a que conserve cierta sensación de control cuando todo dentro de ella parece estar desordenado.

Si en algún momento atraviesa un episodio de pánico, intenta mantener la calma. Un ataque de pánico puede producir una sensación repentina e intensa de miedo o malestar y acompañarse de síntomas físicos como palpitaciones, temblores, sudoración o dificultad para respirar. Para quien lo está viviendo puede resultar aterrador. Habla con tranquilidad, reduce los estímulos si es posible y pregúntale qué suele ayudarle. No necesitas bombardearla con instrucciones ni tratar de analizar lo que está ocurriendo mientras atraviesa el momento de mayor intensidad.

Eso sí, no debemos asumir automáticamente que cualquier síntoma físico es ansiedad. Si una persona presenta síntomas nuevos, intensos o preocupantes, especialmente dolor en el pecho, dificultad importante para respirar, desmayo u otra señal que pueda indicar una emergencia médica, es importante buscar atención médica.

Acompañar a alguien tampoco significa estar disponible las 24 horas del día para tranquilizarlo. Puedes querer muchísimo a una persona y, al mismo tiempo, necesitar dormir, trabajar, salir, descansar o tener momentos para ti. De hecho, mantener tus propios límites puede ayudarte a ofrecer un apoyo más saludable. Puedes decir: “Te quiero y quiero apoyarte, pero ahora necesito descansar. Podemos hablar mañana.” Eso no significa abandonarla; significa recordar que tú también tienes necesidades.

Si la ansiedad está interfiriendo con su trabajo, sus estudios, sus relaciones o sus actividades cotidianas, puedes animarla a buscar ayuda profesional. No hace falta plantearlo como una crítica. Puedes decirle: “No creo que tengas que manejar todo esto sola. ¿Quieres que te ayude a buscar a alguien con quien puedas hablar?” Los tratamientos para los trastornos de ansiedad pueden incluir psicoterapia, medicamentos o una combinación de ambos, dependiendo del tipo de trastorno y de las necesidades de cada persona.

También puedes acompañarla en pequeños hábitos que contribuyan a su bienestar. Salir a caminar juntas, preparar una comida, retomar una actividad que disfrute, practicar alguna técnica de relajación o simplemente pasar un rato agradable pueden ser formas sencillas de acompañar. Pero intenta no convertir estas recomendaciones en obligaciones. Decirle “solo tienes que hacer ejercicio”, “deberías meditar” o “piensa positivo” puede hacer que sienta que es responsable de no mejorar lo suficientemente rápido.

La paciencia también es importante. Quizá desde afuera una situación parece sencilla de resolver, pero tú no estás viviendo dentro de la cabeza de esa persona. Puede haber días buenos y otros mucho más difíciles. Puede haber avances que parezcan pequeños, pero que para ella representen un enorme esfuerzo. Reconocerlos puede ser más útil que exigirle que avance más rápido. El NIMH señala que manejar un trastorno de ansiedad puede implicar dificultades y que reconocer los progresos, incluso los pequeños, puede formar parte del proceso.

Y hay algo que como acompañante debes recordar: no eres responsable de curar a la persona que quieres. Puedes escucharla, acompañarla, animarla a buscar ayuda y estar presente, pero no tienes que asumir el papel de terapeuta ni convertirte en su única fuente de tranquilidad. Tu apoyo puede ser muy importante, pero no sustituye la atención profesional cuando esta es necesaria.

Por eso también conviene cuidar tus palabras. Evita burlarte de sus miedos, compararla con otras personas, decirle que debería poder controlarlo o presionarla para enfrentarse de golpe a aquello que le produce ansiedad. A veces creemos que estamos ayudando cuando en realidad estamos aumentando su sensación de culpa. Una frase sencilla como “no tienes que resolverlo todo hoy” puede ser mucho más reconfortante.

Si una persona expresa pensamientos de hacerse daño, de no querer vivir o existe una preocupación inmediata por su seguridad, no debes manejarlo como una simple conversación sobre ansiedad. Busca ayuda de emergencia o servicios de crisis de tu localidad y procura que no permanezca sola ante una situación de peligro.

Ayudar a alguien con ansiedad no significa tener todas las respuestas. Significa aprender a escuchar, dejar de juzgar, respetar sus límites y saber cuándo es momento de buscar ayuda. No siempre podrás quitarle el miedo, detener sus pensamientos o hacer que se sienta bien inmediatamente, pero puedes recordarle que no está sola y que pedir ayuda no es una señal de debilidad.

A veces, cuando alguien está atravesando uno de sus momentos más difíciles, no necesita que le expliques cómo arreglar su vida. Quizá solo necesita que alguien se siente a su lado y le diga: “Estoy aquí contigo. Vamos paso a paso.”

Este artículo tiene fines informativos y no sustituye la evaluación, diagnóstico o tratamiento de un médico o profesional de la salud mental.

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