martes, septiembre 15, 2026

Recientes

Educar a una niña indígena es cambiar una historia: por qué el acceso de las mujeres a la educación importa

Entre el Día Internacional de las Mujeres y Niñas Indígenas y el Día Internacional de la Alfabetización existe un mensaje que no deberíamos dejar pasar: ninguna niña debería tener que elegir entre su origen y su derecho a estudiar. La educación no borra una cultura; puede darle a una mujer las herramientas para defenderla, transformarla y llevar su voz mucho más lejos.

Hay mujeres que aprendieron a leer en condiciones que parecían decirles que la escuela no era para ellas. Hay niñas que recorren kilómetros para llegar a un salón de clases, mujeres que abandonan sus estudios para ayudar a sus familias y comunidades en las que todavía pesan la pobreza, la distancia, la discriminación, la falta de infraestructura y las barreras lingüísticas. Y hay algo especialmente doloroso: cuando esa niña es indígena, las desigualdades pueden multiplicarse.

Por eso, hablar de educación femenina no puede limitarse a decir que estudiar es importante. Hay que hablar de quiénes todavía no pueden hacerlo.

El 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de las Mujeres y Niñas Indígenas, una fecha que reconoce su liderazgo, sus conocimientos, sus lenguas, sus culturas y su papel dentro de sus comunidades. Naciones Unidas señala que las mujeres y niñas indígenas siguen enfrentando de manera desproporcionada desigualdades estructurales relacionadas, entre otras cosas, con la pobreza, el analfabetismo, el acceso limitado a recursos, la salud, la justicia y la participación en la toma de decisiones.

La fecha tiene además una historia de resistencia: fue establecida en 1983 en honor a Bartolina Sisa, mujer aymara que participó en la resistencia contra el dominio colonial español y fue asesinada el 5 de septiembre de 1782. En 2025, la Asamblea General de Naciones Unidas estableció oficialmente el 5 de septiembre como el Día Internacional de las Mujeres y Niñas Indígenas del Mundo.

Tres días después, el 8 de septiembre, llega el Día Internacional de la Alfabetización. La UNESCO recuerda que leer y escribir no son solamente habilidades escolares: la alfabetización es un derecho humano fundamental y abre la puerta a otros derechos, mayores libertades y una participación más plena en la sociedad.

Y cuando juntamos ambas fechas aparece una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando una niña indígena no tiene acceso a la educación?

En México todavía existe una brecha importante. Datos del INEGI muestran que en 2023 el 24% de las niñas indígenas de entre 3 y 17 años no asistía a la escuela, frente al 12.3% de las niñas no indígenas. La diferencia también aparece al observar los años de escolaridad: las mujeres indígenas de 15 años y más tenían en promedio 6.1 años de escolaridad, mientras que las mujeres no indígenas alcanzaban 10.5 años.

No son solamente números. Detrás de ese 24% hay niñas que quizá tuvieron que quedarse en casa, cuidar hermanos, trabajar, recorrer largas distancias para llegar a una escuela o enfrentarse a una combinación de pobreza, discriminación y falta de servicios. Y detrás de cada año de escolaridad que no se alcanza puede haber una oportunidad profesional que nunca llega, una decisión médica que resulta más difícil de tomar, un trámite que se vuelve inaccesible o una voz que permanece fuera de los espacios donde se toman decisiones.

La educación no garantiza una vida sin dificultades, pero sí amplía radicalmente las herramientas con las que una mujer puede enfrentarlas.

Una niña que estudia no deja de ser indígena

Hay una idea que necesitamos desmontar: educar a las niñas indígenas no significa alejarlas de sus raíces.

Todo lo contrario. La educación puede convivir con la lengua, la memoria, los conocimientos tradicionales y la identidad de una comunidad. El verdadero reto no debería ser pedirle a una niña que abandone quién es para poder estudiar, sino construir sistemas educativos que respeten quién es mientras le permiten acceder a nuevos conocimientos.

La propia Secretaría de Cultura ha recogido testimonios de mujeres indígenas que han insistido en la importancia de la formación educativa para el desarrollo de las comunidades originarias. En uno de esos encuentros, la poeta Nadia López García señaló que la educación puede abrir posibilidades para mejorar la historia de las familias y de las poblaciones indígenas.

Y quizá ahí está una de las claves.

Una mujer educada no solamente transforma su propia vida. Puede transformar las posibilidades de quienes vienen después de ella.

Una madre que tuvo acceso a la escuela puede transmitir a sus hijas la confianza de que estudiar es posible. Una maestra puede convertirse en el primer referente profesional para decenas de niñas. Una escritora puede conservar una lengua en libros. Una abogada puede defender derechos. Una científica puede investigar problemas de su comunidad. Una médica puede regresar a atender a quienes durante años tuvieron dificultades para acceder a servicios de salud.

La educación abre caminos que después otras mujeres pueden recorrer.

Natalia Toledo: cuando la educación se encuentra con la identidad

Un ejemplo extraordinario es el de la poeta zapoteca Natalia Toledo, nacida en Juchitán, Oaxaca.

Toledo es una de las voces más importantes de la literatura indígena contemporánea mexicana. Escribe en zapoteco y español y obtuvo en 2004 el Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Indígenas por Olivo negro. En 2025 recibió además la Medalla Bellas Artes en Literatura en Lenguas Indígenas.

Su historia resulta particularmente significativa para esta conversación porque ella misma ha hablado de cómo la educación y la lectura ampliaron su universo sin borrar el conocimiento que había recibido en casa.

En una entrevista con el Periódico de Poesía de la UNAM explicó que muchos de sus conocimientos sobre la tradición y la cultura zapoteca los recibió de su madre, su abuela, sus tíos y su comunidad, mientras que la escuela y los libros le permitieron acercarse a otros mundos, autores e ideas.

Es justamente lo que debería significar la educación: no sustituir una identidad por otra, sino darle a una persona más herramientas para construir su propia voz.

Yalitza Aparicio: de futura maestra a embajadora de los pueblos indígenas

Otro ejemplo mexicano es Yalitza Aparicio, mujer de ascendencia indígena que originalmente eligió la educación como camino profesional.

Antes de convertirse en actriz, Aparicio se estaba formando como maestra. Después protagonizó Roma, película que la llevó a convertirse en la primera mujer indígena mexicana nominada al Oscar como mejor actriz. En 2019 fue nombrada por la UNESCO Embajadora de Buena Voluntad para los pueblos indígenas.

Su historia resulta especialmente interesante porque la educación no desapareció de su vida cuando llegó el cine. Por el contrario, ha hablado públicamente de su importancia y ha trabajado para apoyar iniciativas relacionadas con escuelas en Tlaxiaco, Oaxaca, su ciudad natal. Su trayectoria recuerda algo fundamental: no siempre sabemos hasta dónde puede llegar una niña cuando le permitimos estudiar.

  • Quizá esa niña quiera ser maestra.
  • Quizá científica.
  • Quizá escritora.
  • Quizá médica.
  • Quizá artista.
  • Quizá termine ocupando un escenario internacional que nadie en su comunidad imaginó.

Pero para descubrirlo primero necesita tener la oportunidad.

Cuando estudiar también significa defender una lengua

La educación puede ser también una herramienta de preservación cultural. Natalia Toledo es un ejemplo claro: su literatura bilingüe ha ayudado a colocar el zapoteco dentro de espacios culturales nacionales e internacionales. Su trabajo demuestra que una lengua indígena puede ser vehículo de literatura contemporánea, pensamiento, poesía y creación artística.

Por eso no basta con que las niñas indígenas tengan acceso a una escuela. También importa qué tipo de educación reciben.

Una educación que ignora su lengua puede hacer que una niña sienta que su idioma es inferior. Una educación intercultural, en cambio, puede enseñarle que puede dominar nuevos conocimientos sin avergonzarse de hablar la lengua de su familia.

En 2025, la Secretaría de Educación Pública informó, por ejemplo, sobre iniciativas relacionadas con materiales y derechos de las mujeres traducidos a lenguas originarias, así como campañas de alfabetización dirigidas a comunidades alejadas y marginadas.

Todavía queda muchísimo por hacer, pero el camino pasa necesariamente por reconocer que la inclusión educativa también debe ser lingüística y cultural.

Mujeres que abren camino

La historia mexicana está llena de mujeres que demostraron hasta dónde puede llegar una mujer cuando tiene acceso al conocimiento, aunque muchas tuvieron que luchar contra enormes obstáculos para conseguirlo.

Desde Matilde Montoya, la primera mujer mexicana en obtener el título de médica, hasta científicas, escritoras, académicas, artistas y profesionistas que han ocupado espacios que alguna vez estuvieron reservados casi exclusivamente para los hombres, cada generación ha ampliado un poco más la puerta para la siguiente.

Y en el caso de las mujeres indígenas, esa puerta tiene una dimensión adicional: no solamente se trata de acceder a una profesión, sino de lograr que sus conocimientos, lenguas, territorios y perspectivas también sean reconocidos.

México cuenta incluso con reconocimientos específicos para mujeres indígenas que trabajan por sus comunidades. El Premio Nacional a la Promoción de los Derechos de las Mujeres Indígenas Martha Sánchez Néstor, impulsado por instituciones como Inmujeres e INPI, reconoce a mujeres que trabajan en la defensa de derechos, la participación política, la cultura, las lenguas, el territorio y otros ámbitos. En 2024 fueron reconocidas 20 mujeres líderes provenientes de distintas entidades y pueblos indígenas.

Y eso también es educación: aprender para defender, investigar para transformar y transmitir conocimiento para que no desaparezca.

El futuro de una niña no debería depender del lugar donde nació

Quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos en septiembre sea esta: ¿cuántas mujeres extraordinarias nunca llegaremos a conocer porque nunca tuvieron la oportunidad de estudiar?

No sabemos cuántas científicas, escritoras, médicas, ingenieras, maestras, artistas, investigadoras o líderes comunitarias se quedaron en el camino porque la escuela estaba demasiado lejos, porque tuvieron que trabajar, porque fueron madres demasiado jóvenes, porque su familia no podía pagar determinados gastos o porque simplemente nadie les dijo que también tenían derecho a soñar.

La UNESCO estima que todavía 739 millones de jóvenes y adultos en el mundo carecen de competencias básicas de alfabetización, mientras que cientos de millones de niños y adolescentes permanecen fuera de la escuela. En 2026, además, México es sede de la celebración mundial del Día Internacional de la Alfabetización, que se realiza en Chiapas los días 8 y 9 de septiembre.

Que ese encuentro ocurra en México resulta simbólicamente poderoso.

Porque Chiapas también nos recuerda que hablar de alfabetización significa hablar de desigualdad, de pueblos originarios, de lenguas, de niñas y de mujeres que necesitan que la educación llegue hasta sus comunidades y no al revés.

Educar a una mujer es apostar por generaciones

No se trata de decir que la educación es una especie de solución mágica para todos los problemas. No lo es. Pero sí es una de las herramientas más poderosas que tenemos para ampliar oportunidades.

Una mujer que puede leer comprende mejor un documento que debe firmar. Puede conocer sus derechos. Puede buscar información sobre su salud. Puede estudiar una carrera. Puede emprender. Puede participar en una elección. Puede cuestionar una injusticia. Puede escribir un libro. Puede enseñar a sus hijos. Puede convertirse en maestra de otras niñas.

Y una mujer indígena que además puede estudiar sin tener que renunciar a su lengua, su identidad y su cultura puede hacer algo todavía más poderoso: llevar esos conocimientos a espacios donde durante mucho tiempo no fueron escuchados.

Por eso, cuando hablamos del 5 y del 8 de septiembre, no hablamos solamente de dos efemérides. Hablamos de una deuda, de una oportunidad.

Y de una convicción que debería ser innegociable: ninguna niña debería tener menos posibilidades de aprender por haber nacido mujer, por ser indígena, por vivir lejos de una ciudad o por hablar una lengua originaria. La educación no debería ser un privilegio que algunas niñas alcanzan después de vencer una carrera de obstáculos.

Debería ser el punto de partida. Porque quizá entre esas niñas que hoy necesitan una escuela haya una futura escritora, una científica, una médica, una maestra, una artista o una líder que todavía no sabemos nombrar. Y darle la oportunidad de estudiar puede significar que, algún día, el mundo llegue a conocerla.

Fuentes

  • Naciones Unidas — Día Internacional de las Mujeres y Niñas Indígenas.
  • INEGI — Estadísticas sobre población indígena y educación en México.
  • UNESCO — Día Internacional de la Alfabetización.
  • UNESCO — Celebración mundial del Día Internacional de la Alfabetización 2026 en Chiapas.
  • Secretaría de Cultura — Natalia Toledo y su trayectoria literaria.
  • UNESCO / BID — Yalitza Aparicio y su trabajo por la educación y los pueblos indígenas.
  • Inmujeres / INPI — Premio Nacional Martha Sánchez Néstor.
  • Si te gustó y crees que te aporto, te invito a seguirme en mi cuenta de instagram
¡Qué sería del mundo sin #ellas!

Latest Posts

spot_imgspot_img

No te lo pierdas

error: Content is protected !!