miércoles, septiembre 2, 2026

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Los 7 principios del empoderamiento de las mujeres: por qué siguen siendo necesarios

El empoderamiento de una mujer no comienza cuando consigue un puesto

El empoderamiento de una mujer no comienza el día en que consigue un puesto directivo, abre un negocio o aprende a defender sus derechos. Comienza mucho antes. Quizá comienza cuando una niña descubre que puede levantar la mano en clase y decir lo que piensa; cuando entiende que sus sueños no tienen por qué ser más pequeños que los de un niño; cuando alguien le dice que puede estudiar, crear, liderar y elegir su propio camino.

Hablar de empoderamiento femenino es, por eso, hablar de muchas cosas al mismo tiempo: educación, igualdad, seguridad, independencia económica, oportunidades, liderazgo y libertad. También significa preguntarnos qué condiciones necesita una mujer para poder desarrollar sus capacidades y tomar decisiones sobre su propia vida.

Con esa visión surgieron los Principios para el Empoderamiento de las Mujeres (Women’s Empowerment Principles, WEPs), una iniciativa desarrollada por ONU Mujeres y el Pacto Mundial de las Naciones Unidas para ayudar a las empresas y organizaciones a avanzar hacia la igualdad de género. Los principios fueron concebidos principalmente para el ámbito laboral y empresarial, pero sus ideas siguen siendo relevantes mucho más allá de una oficina, porque hablan de algo que atraviesa prácticamente todos los aspectos de la vida de una mujer: la posibilidad de tener las mismas oportunidades y ser reconocida por sus capacidades.

El primero de estos principios propone establecer un liderazgo corporativo comprometido con la igualdad de género. Y vale la pena detenerse en esto, porque hablar de liderazgo femenino no significa simplemente colocar a más mujeres en puestos directivos. Significa construir espacios donde una mujer pueda llegar a esos puestos sin que su género sea utilizado para cuestionar su capacidad, su autoridad o sus decisiones. También significa que las empresas reconozcan el talento, la experiencia y la preparación sin permitir que los prejuicios determinen quién puede crecer y quién debe quedarse atrás.

El segundo principio habla de tratar a mujeres y hombres de manera justa en el trabajo, respetando los derechos humanos y evitando cualquier forma de discriminación. La igualdad salarial es una de las conversaciones más conocidas dentro de este tema, pero no es la única. La igualdad también tiene que estar presente en la contratación, en las oportunidades de capacitación, en los ascensos y en la posibilidad de participar en la toma de decisiones. Una mujer no debería tener que demostrar el doble para ser considerada igual.

El tercer principio nos lleva a un tema que a veces se deja en segundo plano cuando se habla de éxito profesional: la seguridad y el bienestar. Ningún espacio de trabajo puede considerarse verdaderamente igualitario si una mujer tiene que soportar acoso, discriminación, violencia o condiciones que pongan en riesgo su bienestar para poder conservar un empleo. El derecho a trabajar en un ambiente seguro no debería ser un privilegio. Debería ser parte de las condiciones básicas de cualquier lugar de trabajo.

La educación ocupa un lugar central en el cuarto principio, dedicado a promover la formación, la capacitación y el desarrollo profesional de las mujeres. Y aquí la conversación vuelve inevitablemente a la infancia. Porque la educación de una mujer no comienza cuando llega a la universidad ni cuando consigue su primer empleo. Comienza cuando es niña y descubre qué puede imaginar para sí misma.

Una niña que recibe educación, que es escuchada, que tiene acceso a información y que crece rodeada de referentes diversos puede construir una percepción diferente de sus propias posibilidades. Puede descubrir que la ciencia también es para ella, que puede dirigir una empresa, convertirse en artista, estudiar una profesión, emprender o simplemente elegir una vida que no se parezca a la que otros habían imaginado.

El quinto principio se relaciona con el desarrollo empresarial, las cadenas de suministro y las prácticas que pueden contribuir al empoderamiento económico de las mujeres. Y aquí aparece una palabra fundamental: independencia.

Tener ingresos propios no resuelve todas las desigualdades, pero puede ampliar considerablemente la capacidad de una mujer para tomar decisiones. Por eso el emprendimiento femenino también forma parte de esta conversación. Cada mujer que crea un negocio, desarrolla un proyecto o encuentra una manera de generar sus propios ingresos está construyendo una posibilidad de autonomía. Y cuando ese proyecto además genera oportunidades para otras mujeres, el impacto puede multiplicarse.

El sexto principio lleva la conversación fuera de las empresas y la coloca en un espacio mucho más amplio: la comunidad. La igualdad no puede construirse solamente dentro de las oficinas. También necesita escuelas, familias, instituciones, organizaciones sociales y comunidades que conozcan y respeten los derechos de las mujeres.

El acceso a la información puede convertirse en una herramienta de transformación. Una mujer que conoce sus derechos tiene más posibilidades de identificar una situación de discriminación, buscar ayuda, tomar decisiones informadas y participar activamente en su comunidad. El empoderamiento, en ese sentido, tampoco es solamente individual. Es colectivo.

El séptimo principio propone medir e informar públicamente sobre los avances hacia la igualdad de género. Puede parecer el menos cercano a nuestra vida cotidiana, pero es fundamental. Porque hablar de igualdad es importante, pero también necesitamos saber si realmente estamos avanzando.

¿Cuántas mujeres ocupan puestos de liderazgo? ¿Existen diferencias salariales? ¿Tienen las mismas oportunidades de capacitación? ¿Existen mecanismos para prevenir y atender el acoso y la discriminación? Las respuestas permiten identificar aquello que todavía necesita cambiar.

Y quizá aquí encontremos una de las lecciones más importantes de estos siete principios: la igualdad no puede quedarse solamente en un discurso. Tiene que convertirse en acciones que puedan observarse y medirse.

Pero hay algo más que vale la pena recordar. Cuando hablamos de empoderamiento femenino, muchas veces pensamos inmediatamente en mujeres adultas, profesionales, emprendedoras o líderes. Sin embargo, la historia comienza mucho antes.

Comienza con las niñas.

Una niña aprende desde muy pequeña qué cree que puede hacer y qué cree que no puede hacer. Lo aprende de su familia, de la escuela, de los medios, de las historias que escucha y de las mujeres que observa a su alrededor. Aprende si puede hablar fuerte o debe permanecer callada; si puede liderar o debe esperar; si puede equivocarse o si tiene que ser perfecta.

Por eso educar a una niña también es una forma de construir igualdad.

Y también necesitamos cambiar nuestra idea de lo que significa ser una mujer empoderada. No significa ser fuerte todo el tiempo, resolverlo todo sola o demostrar que no necesita a nadie. Una mujer empoderada también puede pedir ayuda, cambiar de opinión, equivocarse, descansar, cuidar a otros o dejarse cuidar.

Empoderar no significa decirle a una mujer cómo debe vivir. Significa que tenga las herramientas, la libertad y las oportunidades para decidir cómo quiere hacerlo.

Los siete principios del empoderamiento de las mujeres fueron creados como una herramienta para transformar los espacios laborales y empresariales, pero su significado puede llevarnos mucho más lejos. Cuando hablamos de liderazgo hablamos también de las niñas que necesitan referentes. Cuando hablamos de igualdad salarial hablamos de independencia. Cuando hablamos de seguridad hablamos del derecho a trabajar sin miedo. Cuando hablamos de educación hablamos de posibilidades. Cuando hablamos de emprendimiento hablamos de autonomía. Y cuando hablamos de comunidad hablamos de la importancia de no recorrer este camino solas.

Una reflexión de Ellas Style

Quizá la pregunta ya no sea solamente cuáles son los siete principios del empoderamiento de las mujeres. La pregunta que deberíamos hacernos es otra:

¿Qué estamos haciendo hoy para que una niña tenga mañana más posibilidades de elegir su propia historia?

Porque cada vez que una mujer recibe educación, encuentra una oportunidad, consigue independencia económica, ocupa un espacio de liderazgo, emprende, levanta la voz o simplemente descubre que tiene derecho a decidir sobre su vida, la idea de igualdad deja de ser un concepto y comienza a convertirse en realidad.

Y esa transformación, aunque muchas veces parezca pequeña, también forma parte de una historia mucho más grande: la de millones de mujeres que han decidido que su voz merece ser escuchada.

Leer: LA ÚNICA PREGUNTA PODEROSA QUE PODRÍA CAMBIAR TU VIDA POR COMPLETO

Fuente: ONU

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