Y de repente, el COVID-19 y el confinamiento voltearon el mundo de las mamás. De un día para otro, muchas nos convertimos en “reinas del hogar” a tiempo completo: trabajo, escuela, tareas, comidas, limpieza, reuniones virtuales y una lista interminable de pendientes que ahora tenían que ocurrir dentro de las mismas cuatro paredes.
Eres mamá, profesora, compañera de grupo, cocinera, organizadora, cuidadora y, literalmente, la compañera de tus hijos las 24 horas del día. Después de semanas de encierro, el cansancio comenzó a hacerse evidente y muchas empezamos a preguntarnos cómo íbamos a seguir sosteniendo este ritmo cuando todavía no sabíamos cuándo terminaría.
Y un buen día, todo cambió
Durante los últimos años, al rol de mamá se le habían ido sumando responsabilidades: actividades escolares, proyectos personales, trabajo, compromisos familiares y una larga lista de tareas que parecían multiplicarse. En mi caso no era diferente. Sin embargo, había algo que ayudaba a mantener cierto equilibrio: mientras los niños estaban en la escuela, yo podía ocuparme de mis propias actividades y responsabilidades.
Como a tantas familias, la pandemia del coronavirus puso mi vida de cabeza en cuestión de días.
El distanciamiento social y el cierre de escuelas, negocios y espacios de convivencia fueron desafiantes, desconcertantes y, en muchos momentos, aterradores. Pero también terminaron siendo reveladores. Nos obligaron a detenernos, a mirar nuestra vida desde otra perspectiva y a descubrir capacidades que quizá nunca habíamos tenido que poner a prueba.
En mi caso, además, tuve que atravesar la pandemia en medio de una separación. Había que lidiar con mis propias emociones mientras intentaba acompañar a mis hijos durante una situación completamente desconocida y, al mismo tiempo, enfrentar la ausencia de su papá. La incertidumbre se convirtió en parte de nuestra rutina.
Me sorprendí al descubrir cuánto podía cambiar la vida cotidiana de una mamá cuando prácticamente todo ocurre dentro de casa.
Entre Zoom, FaceTime, Meet y los servicios a domicilio, tuvimos que aprender rápidamente a utilizar herramientas que antes quizá ni siquiera formaban parte de nuestra rutina. Las aplicaciones se convirtieron en aulas, oficinas, cafeterías virtuales y puntos de encuentro con amigos y familiares.
También tuvimos que transformar nuestra casa. De repente había que encontrar un salón de clases, un espacio para trabajar, un lugar tranquilo para las videollamadas y, al mismo tiempo, conservar un pequeño rincón donde simplemente pudiéramos respirar.
La educación en casa, además, no es una tarea sencilla. En mi caso no tenía una pareja adulta con quien compartir esa carga o con quien desahogarme cuando sentía que estaba llegando al límite. Así que mis hijos y yo tuvimos que aprender a convivir con nuestras propias frustraciones.
Cada día intentaba convertirme en una mejor maestra y entender la manera en que cada uno de ellos aprendía. Ellos, a su vez, tuvieron que aprender a trabajar con mamá, con sus expectativas y con una nueva rutina que ninguno de nosotros había elegido.
Mi paciencia aumentó en el camino, aunque debo confesar que hubo días en los que odiaba que les pidieran pintar, utilizar estambre, hacer manualidades o trabajar con semillas. Sabía que una actividad que a ellos les llevaba tres minutos terminar podía convertirse en media hora de limpieza para mí.
Así que un día podía ser la mamá más divertida del mundo y al siguiente sentirme como el Grinch de las acuarelas y la pintura dactilar.
¿Y cómo no volvernos locas?
No creo que exista una sola manera de sobrellevar una situación como esta. Cada familia tiene circunstancias diferentes y cada mamá está cargando una historia distinta. Pero a través de conversaciones con otras mamás, chats, reuniones virtuales y, sobre todo, de mi propia experiencia, descubrí algunas cosas que nos ayudaron a atravesar esta etapa con un poco más de calma.
Reconecta y vuelve a encontrarte
Esta situación nos hizo extrañar y valorar muchas cosas que antes dábamos por sentadas. De repente sentimos la necesidad de volver a hablar con viejos amigos, llamar a la familia y encontrar nuevas maneras de sentirnos cerca, aunque no pudiéramos estar físicamente juntos.
En mi caso, comencé a organizar almuerzos virtuales con amigos y hasta pequeñas horas felices a distancia. Puede parecer extraño reunirnos frente a una pantalla, pero una conversación, una sonrisa o una carcajada pueden hacer una enorme diferencia cuando llevamos demasiado tiempo aislados.
Los niños también encontraron sus propias maneras de conectarse. En casa incluso comenzaron a llamarles “reuniones kids”. Para ellos, poder compartir un rato con sus amigos, aunque fuera desde una pantalla, significaba recuperar una pequeña parte de su vida cotidiana. Somos seres sociales y el aislamiento nos recordó cuánto necesitamos a los demás.
Aprovecha los recursos que tienes a tu alcance
Todos necesitamos momentos de paz, alivio y conexión. Durante el confinamiento descubrimos que existían muchas herramientas gratuitas que podían ayudarnos a incorporar pequeñas pausas a nuestros días.
En YouTube encontramos rutinas de ejercicio, meditaciones, música, actividades para niños y muchas otras opciones. Quizá algunas de estas herramientas ya formaban parte de tu vida, pero para muchas familias fueron una manera sencilla de crear nuevos espacios dentro de una rutina que se había vuelto agotadora.
No necesitas convertirlo en otra obligación. A veces diez minutos de respiración, estiramiento, movimiento o silencio pueden ser suficientes para recordar que tú también necesitas atención.
Pero también desconéctense
No todo tiene que ocurrir frente a una pantalla. Durante esos meses también fue importante recordarles a nuestros hijos —y recordarnos nosotras mismas— que existían otras maneras de entretenernos. Juegos sencillos, conversaciones, dibujos, historias, música o simplemente salir a caminar cuando las condiciones lo permitían.
A veces lo más sencillo termina siendo lo que más recordamos. Si las circunstancias lo permiten, una caminata en contacto con la naturaleza puede convertirse en un momento especial para conversar. Y quizá te sorprenda descubrir todo lo que un niño puede contarte cuando no está distraído con una pantalla.
Convierte los pequeños hábitos en una oportunidad
El confinamiento también nos permitió prestar más atención a algunos hábitos cotidianos. Reciclar, cuidar una planta, mantener un pequeño huerto, ahorrar agua o aprender nuevas formas de cuidar nuestro entorno pueden convertirse en actividades familiares.
No se trata de convertir a los niños en expertos ni de agregar otra obligación a una lista que ya es demasiado larga. Se trata de aprovechar algunos momentos para enseñarles que nuestras acciones cotidianas también tienen un impacto.
Una planta, una suculenta, un pequeño huerto o una actividad de reciclaje pueden convertirse en una forma sencilla de aprender juntos.
Descubre lo fuerte que eres tú y tus hijos
Para los niños, aquel momento también fue aterrador. Estar encerrados en casa durante días, no poder ver a sus amigos y no comprender completamente lo que estaba sucediendo representó un desafío enorme.
Pero, al mismo tiempo, esta experiencia me permitió descubrir las fortalezas de nuestra pequeña familia de tres.
He visto crecer esas fortalezas de maneras que incluso me han hecho llorar. Hemos aprendido a conversar más, a escucharnos y a valorar pequeños logros que antes probablemente habríamos pasado por alto.
A veces pensamos que un día solamente cuenta cuando conseguimos hacer todo lo que teníamos planeado. Durante el confinamiento aprendí que levantarnos, acompañarnos y llegar juntos al final del día también podía ser un logro.
Estábamos haciendo historia, aunque en aquel momento no supiéramos exactamente cómo terminaría todo.
Permítete escuchar las dudas y los miedos de tus hijos
Los niños también tenían preguntas. Querían saber qué estaba ocurriendo, cuándo podrían volver a la escuela, cuándo volverían a ver a sus amigos y por qué no podían hacer muchas de las cosas que antes formaban parte de su vida.
Era importante permitirles expresar esas dudas y responderles con tranquilidad, de acuerdo con su edad y capacidad para comprender la situación.
También era fundamental cuidar la información que consumíamos en casa. Durante las crisis proliferan los mensajes alarmistas, las noticias falsas y las recomendaciones sin fundamento. Por eso era importante acudir a fuentes sanitarias oficiales y evitar transmitir a los niños información que pudiera aumentar innecesariamente su miedo.
Y, sobre todo, había que recordar algo que muchas mamás necesitábamos escuchar:
No tenías que salvar al mundo durante la pandemia.
Tú y tus hijos no tenían que terminar el confinamiento hablando tres idiomas, aprendiendo cinco instrumentos, haciendo ejercicio todos los días y teniendo una casa perfectamente organizada.
No teníamos que convertir una crisis mundial en una competencia de productividad.
Tal vez el crecimiento más importante no estaba en lo que aprendíamos a hacer, sino en lo que aprendíamos sobre nosotros mismos.
No tienes que ser una mamá perfecta
El aislamiento, la incertidumbre y todos los cambios que trajo la pandemia fueron difíciles. Para muchas madres fueron también abrumadores y agotadores.
Mis días estaban más llenos que nunca: terminar mi trabajo, acompañar a mis hijos con la educación en casa, preparar comida, mantener la casa funcionando y, al mismo tiempo, intentar encontrar un poco de espacio para mis propias emociones.
Era su mamá, maestra, cocinera, compañera de juegos y mucho más. Pero también aprendí a apreciar nuestros días juntos y esa pausa inesperada que nos obligó a mirar nuestra vida desde otro lugar.
La pandemia refrescó mi sentido de las prioridades. De repente, algunas cosas que antes parecían indispensables dejaron de importar tanto. Teníamos una casa, estábamos juntos, teníamos comida y, sobre todo, nos teníamos los unos a los otros.
Era más de lo que muchas veces habíamos sabido valorar. Con tantas cosas de nuestra vida cotidiana suspendidas y tanta incertidumbre sobre el futuro, comencé a sentir más gratitud por las cosas sencillas que antes daba por sentadas.
Y también empecé a hacer una lista mental de las cosas que quería conservar cuando todo esto terminara: seguir caminando con mis hijos, continuar conectándome con otras personas de maneras diferentes, hacer más con menos, cuidar nuestro planeta y aprender a disfrutar la belleza sencilla de un día soleado.

Mamá, también puedes darte permiso para estar cansada
Si algo nos enseñó aquella etapa fue que ser fuertes no significa estar bien todos los días.
Habrá días en los que tendrás paciencia y otros en los que sentirás que ya no puedes más. Habrá días de manualidades, juegos y risas, y otros en los que simplemente querrás cinco minutos de silencio.
Eso no te convierte en una mala mamá.
Te convierte en una persona que también está atravesando una situación difícil.
Así que, mamá, recuerda tu fuerza, tu capacidad de adaptación y, sobre todo, tu amor. No necesitas hacerlo todo perfectamente. Necesitas atravesar cada día de la mejor manera que puedas.
Cuida la información que consumes, fomenta buenos hábitos en casa, busca momentos de conexión que no dependan únicamente de las pantallas y, cuando sea posible, permite que tus hijos jueguen, conversen, imaginen y simplemente sean niños.
Y recuerda algo que parecía tan difícil de creer en aquel momento:
Esto también pasará.
Quizá cuando miremos hacia atrás no recordemos cada tarea, cada videollamada o cada día de encierro. Tal vez recordemos las conversaciones, las caminatas, las pequeñas risas y la manera en que aprendimos a estar juntos.
Porque, en medio de una de las etapas más inciertas que nos tocó vivir, también descubrimos que las cosas sencillas podían ser suficientes.

Así que ánimo Mamá Tienes la fuerza, el ímpetu y el amor para poder lidiar con la situación de crisis actual.
No te dejes llevar por noticias falsas ni amarillistas. Trata de inculcar buenos hábitos higiénicos a tus hijos e hijas y pon en práctica realizar otro tipo de actividades recreativas ocasionalmente, de modo que no dependas al 100% de los dispositivos tecnológicos como el único medio de diversión para tus hijos e hijas en el hogar. Y fluye que como en la vida, esto también pasará….
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¡Qué sería del mundo sin #ellas!





